Comentario Nº 106, 1 de febrero de 2003

      Francia es la Clave

      Durante la segunda guerra mundial Winston Churchill dijo en cierta ocasión que la mayor cruz que tenía que cargar era la de Lorena (emblema de Charles De Gaulle). A partir de 1945 Estados Unidos comprendió que también se había convertido en su cruz. Todos los gobiernos franceses de posguerra, ya fueran encabezados por el propio De Gaulle, por un gaullista o por cualquier otro, han mantenido una política exterior "gaullista", cuya esencia consiste en que Francia, aunque forme parte integral de "Occidente", tiene derecho a defender su propia opinión sobre cómo alcanzar el orden mundial, y ha insistido todo el tiempo en que Estados Unidos, el país más poderoso de Occidente, debe tener en cuenta la opinión de Francia. A diferencia de cualquier otro aliado de Estados Unidos, Francia siempre ha rechazado expresamente un liderazgo "unilateral" de Estados Unidos.

      Durante los últimos cincuenta años Estados Unidos lo ha intentado todo para disuadir a Francia de esa actitud: halagos, contundentes presiones, quejas y malos modos... Nada de eso consiguió cambiar la actitud básica de Francia. Cuando hace poco Donald Rumsfeld habló despectivamente de la "vieja Europa", era sobre todo de Francia de lo que estaba hablando. En el pasado Estados Unidos contaba con Alemania para moderar la opinión de Francia, o al menos para no sumarse a ella; de ahí el enorme disgusto de la administración Bush al observar el giro de Schroeder/Fischer en la política exterior alemana. Los halcones estadounidense se sienten traicionados.

      Por eso a Estados Unidos le resulta particularmente irritante que Francia sea hoy la clave en cuanto a si la próxima invasión estadounidense de Iraq será o no considerada "legítima" por la mayoría de la gente en el mundo occidental, e incluso más allá. Si Francia se une a Estados Unidos, por muy de mala gana que lo haga, la guerra se entenderá en el mundo como algo aprobado por las Naciones Unidas y en consecuencia por esa misteriosa entidad, la "comunidad internacional". Si Francia se niega a plegarse, arrastrará con ella no sólo a Alemania, sino también a Rusia, China, Canadá y México, lo que supone una potente alineación. Japón ya ha hecho saber que seguirá la "opinión mundial", lo que significa obviamente que Estados Unidos debe conseguir la cobertura de la ONU.

      Francia determina incluso la posición de Gran Bretaña. El 30 de enero Donald Macintyre publicó un artículo en The Independent con el titular: "Blair está apostando fuerte, y necesita que Chirac acuda en su ayuda". Macintyre analizaba en él las dificultades que está teniendo Blair en su propio país, la "amenaza de rebelión" en el partido laborista, y afirmaba que el resultado de esa contienda depende de la posición de Francia. "No es muy aventurado decir que el futuro de Blair puede decidirse, no en la Casa Blanca ni en el número 10 [de Downing Street, residencia del primer ministro británico], sino en el Elíseo [residencia oficial de Chirac]".

      ¿Qué es lo que otorga a Francia ese poder? Evidentemente no es la rectitud moral de Francia, que está tan dispuesta como Estados Unidos a enviar tropas para defender sus intereses. Su actual intervención en Costa de Marfil, y sus actuales dificultades allí como consecuencia de esa intervención, dan testimonio del prolongado papel de Francia como potencia mini-imperialista en África. Tampoco es porque Francia se sienta de algún modo antiamericana en su fuero íntimo. Sin duda hay mucha propaganda antiamericana en Francia, pero también hay mucha propaganda antifrancesa en Estados Unidos. Aun así, en general los franceses (tanto las elites como la gente corriente) aprecian muchos aspectos de Estados Unidos, recuerdan con gratitud su papel en las dos guerras mundiales, y comparten la mayoría de los valores básicos y de los prejuicios básicos de los estadounidenses.

      Lo que otorga a Francia ese poder es la sensación generalizada en todo el mundo de que Estados Unidos es a menudo, como decimos los estadounidenses, "demasiado grande para sus calzones". Y eso es especialmente cierto ahora que los halcones se han apoderado del gobierno estadounidense. El resentimiento francés, su deseo de limitar los efectos de la arrogancia estadounidense, es algo compartido en casi todo el mundo, con muy pocas excepciones. Así pues, cuando Francia se resiste a las presiones estadounidenses, como está haciendo ahora, la felicitan en privado todos los gobiernos que no se atreven a hacer lo mismo o al menos a hacerlo tan públicamente, como Egipto, Corea, Brasil o la propia Canadá.

      En realidad, el gobierno estadounidense es muy consciente del poder político de Francia. Por eso es por lo que Colin Powell pudo convencer a Bush de la necesidad de acudir a la ONU en primer lugar, y de presentar en Naciones Unidas la semana que viene algunas "pruebas" sobre Saddam Hussein. Estados Unidos no cree que esas "pruebas" puedan convencer a nadie; lo que sí cree es que la presentación de esas pruebas proporcionará a Francia la excusa que necesita para adecuarse a lo que el gobierno estadounidense cree que son los intereses económicos de Francia. El razonamiento de la administración estadounidense, sobre el que habla en la prensa casi abiertamente, es que Francia se dirá a sí misma lo siguiente: 1) Estados Unidos atacará a Iraq pase lo que pase. 2) Estados Unidos vencerá con facilidad. 3) si Francia envía soldados, por pocos que sean, se le permitirá participar en el reparto del botín (petróleo); pero si se mantiene al margen, será excluida.

      Los halcones estadounidenses están por tanto haciendo un análisis "marxista vulgar" de la política exterior de Francia, estableciendo una correspondencia biunívoca y a corto plazo entre ventajas económicas y posición política. Pero el marxismo vulgar nunca funciona, porque nada es biunívoco y el corto plazo es, como dijo Fernand Braudel, "polvo". El problema, visto desde la óptica francesa, y más particularmente desde la óptica de Chirac, se plantea de forma muy diferente. En primer lugar, la opinión pública francesa (como la de toda Europa occidental) es en gran medida opuesta a la guerra y se muestra muy escéptica sobre los motivos reales estadounidenses, tanto a corto como a largo plazo. La izquierda francesa se ha alineado sólidamente contra la guerra, como también lo ha hecho, por otras razones, la extrema derecha. Y el partido conservador francés en el poder, la UMP, se muestra dividido entre quienes aceptan la argumentación estadounidense y favorecen una política exterior "Blairita" y quienes siguen siendo "gaullistas" de espíritu.

      Chirac nunca ha dado a conocer abiertamente en su opinión. Tiene que sopesar las eventuales consecuencias políticas internas. Si comete un error, podría tener un efecto negativo a largo plazo sobre el futuro de su partido, que se acaba de consolidar muy recientemente como fuerza poderosa, y sobre el proyecto francés de crear una Europa fuerte e independiente. En segundo lugar, Chirac no está en absoluto convencido de una rápida victoria militar estadounidense. Demasiadas figuras militares en todo el mundo se muestran escépticas, entre ellas, muy probablemente, algunos militares franceses de alto rango. En tercer lugar, el gaullismo ha funcionado bien hasta ahora, y siempre ha supuesto un equilibrio delicado. Francia no quiere alejarse de Estados Unidos, pero por una vez no se ve aislada en su resistencia frente a la acción estadounidense. No parece pues el momento más apropiado para abandonar una actitud gaullista.

      Estados Unidos, como cabía esperar, está jugando todas sus bazas. Ha conseguido alinear a cinco de los quince miembros actuales de la Unión Europea para que digan en una carta colectiva que apoyan la posición estadounidense. Por supuesto, esos cinco gobiernos ya habían dicho lo mismo individualmente, pero su carta conjunta se entiende como una presión sobre Francia. De hecho, Estados Unidos está tratando de convencer a los franceses de que si no se pliegan, tratará activamente de resquebrajar Europa. Estados Unidos cuenta con una segunda amenaza en su arsenal. Si el "poder blando" de Francia es que representa la desconfianza mundial hacía el unilateralismo estadounidense, su "poder duro" es su derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Por eso Estados Unidos está diciendo que si no consigue el respaldo que necesita de Naciones Unidas, marginará el papel del Consejo de Seguridad reduciendo así el "poder duro" de Francia. Por otra parte, el derecho de veto de Francia no es de mucha utilidad si no puede utilizarlo nunca por miedo a que el Consejo de Seguridad pierda relevancia.

      Estados Unidos piensa que Francia los necesita mucho; pero podría ser muy bien que fuera Estados Unidos el que necesita mucho a Francia. Sea cual sea la decisión francesa, sus últimas consecuencias pueden estar determinadas en parte por el resultado de la guerra. Una guerra fácilmente ganada tenderá a recompensar a quienes se alineen con Estados Unidos. Una guerra que se alargue mucho castigará sin duda a quienes se alineen con Estados Unidos. Pero una guerra ganada unilateralmente, aunque sea rápida, puede perjudicar tanto como ayudar a Estados Unidos, y una guerra "multilateral" hará menos daño a la posición estadounidense. Nelson Mandela advierte que Estados Unidos está llevando al mundo a un holocausto, pero los halcones están rematadamente sordos.

      El hecho es que, como consecuencia de su gaullismo, Francia es hoy el único país del mundo que puede ejercer un impacto significativo sobre la posición geopolítica estadounidense, a diferencia de Gran Bretaña, Rusia o incluso China. Y no es porque Francia sea muy fuerte, sino porque se esfuerza coherentemente por un mundo multipolar y por eso encarna una importante fuerza mundial. Que Francia resulte beneficiaria directa de tal transformación geopolítica importa mucho menos a la mayoría de la gente de la mayoría de los países que la posibilidad de que consiga crear algo que todos ellos quieren. Pronto sabremos cómo juega Francia sus bazas, y el mundo entero apreciará la diferencia.

      Immanuel Wallerstein (1 de febrero de 2003).


      © Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.

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